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LA VIEJITA DE SAGUA LA GRANDE

Una heroína silenciosa

Juan Carlos Linares

LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - Cumplió 10 años de prisión, por ser anticastrista, de 1964 a 1974. Le tocó la sentencia más corta de su grupo, quizás porque era la única mujer. Ayudaba con suministros a los alzados en la región de Villa Clara.

Petra Serafina Díaz Castillo (Finita) tiene 83 años cumplidos, y una historia que contar. Una historia triste y valiente.

"Del juzgado me condujeron a la prisión de Guantánamo, y de ahí me trasladaron para la de Guanabacoa. Allí hicimos un motín y lo rompimos todo. Nos redujeron a fuerza de chorros de agua a presión y a golpes. Me dieron un puntapié en el bajo vientre que me provocó muchas hemorragias, y hasta hubo que operarme de urgencia. Hubo muchas más mujeres heridas… aquello era como un campo de concentración".

Por aquel entonces, Finita sólo tenía a su hijo de 20 años, que militaba en la organización juvenil progubernamental. "Le dijeron que no podía visitarme en la prisión. Por entonces yo estaba cumpliendo en la granja 'América Libre'. Así fue que abandonó esa organización, y por hacerlo lo llevaron para Camagüey al servicio militar obligatorio".

Pequeña y vivaz, sus ojos húmedos brillan cuando habla de su difunto hijo. "El siempre fue un niño muy callado, introvertido y tranquilo", dice.

"Yo, cuando cumplí, tuvo que quedarme a vivir en La Habana, pasando trabajo. Sí, pues cada vez que iba a mi pueblo natal, Sagua la Grande, me registraban y me acosaba la policía. Estuve tres años sin casa. Me dedicaba a cuidar enfermos en los hospitales. Fui reuniendo y con alguna ayudita de mi familia me compré este cuartito".

En Aranguren 1-A entre Calzada de 10 de Octubre y Dolores se puede localizar a Finita. Tiene la dicha de gozar de muchas amistades que la quieren. Nunca ha renunciado al compromiso moral hacia los presos políticos. Desde que salió de la prisión ha viajado mucho por la isla, llevándoles comida y apoyo espiritual.

En cierta ocasión quiso abandonar el país. "Yo no quería irme, pero mi hijo sí. En 1980 (cuando los sucesos en la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana) intenté buscar la salida. En pleno disturbio me metí allí. Pero los castristas comenzaron a lanzarnos botellas, piedras y cuanto había, y salí. Pocos días después nos hicieron un acto de repudio a mi hijo y a mí en la casa. Nos lanzaban huevos podridos, calabazas podridas, nos clavaron la puerta por fuera, nos gritaban "escoria"… Yo salí y quité las tablas que habían puesto. Luego nos sacaron a la fuerza. Continuaron tirándonos encima huevos y melones podridos, y nos llevaron a una estación de la policía cercana. Por la noche nos soltaron.

"Mi hijo intentó incorporarse a su trabajo. Cuando aquello laboraba en una dependencia de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) en Marianao. Alguien avisó a sus compañeros que yo estaba en trámites emigratorios y ellos mismos le cayeron a golpes. Le pegaron mucho. El siempre fue flaquito, comía mal y era enfermizo. El pobre, llegó como pudo a casa. Sangraba y se desmayó. Lo llevé al hospital y el médico me dijo que tenía un derrame cerebral".

La salud de su hijo iba de mal en peor. Finita afirma que la atención médica no fue la mejor. Unos años después hubo que amputarle una pierna, y poco después falleció.

Increíblemente, la muerte de su hijo pareció darle nuevas energías a Finita. "A finales de los 80 me incorporé a las actividades por los derechos humanos en Cuba. Recientemente estuve en la Asamblea para Promover la Sociedad Civil, el 20 de mayo. Fui con un pie enyesado. Pertenezco al Comité de Apoyo a las Damas de Blanco. Y si sólo tuviese un bocado de comida, lo comparto con mis hermanos, los presos políticos cubanos".

 

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